Objetivos vitales ¿frustrados?

La inmensa mayoría de nosotros tenemos metas en la vida a las que les damos un gran valor: casarnos, tener un hijo, ascender en el trabajo, comprarnos nuestra propia casa… Cada uno tiene sus propios objetivos vitales y es estupendo que así sea porque eso nos ayuda a trazar planes de acción, a mantenernos proactivos, a perseguir nuestros sueños y, por tanto, a aumentar la probabilidad de conseguirlos. Pero, ¿qué pasa si no somos capaces de lograr esas metas? ¿Si el tiempo avanza y no consigo encontrar una pareja estable, quedarme embarazada, no me promocionan o no logro el trabajo que deseo? ¿Cómo podemos afrontar la desilusión, la frustración, el desánimo por no alcanzar nuestros objetivos vitales?

Una de las cosas que más nos va a ayudar a enfrentarnos a esta situación es la visión que tengamos de la vida y del vivir. Estamos inmersos en la sociedad del no te conformes con menos, del tenerlo todo, y nos cuesta asumir que no siempre podemos lograr que las cosas salgan cómo y cuándo queremos, nos cuesta aceptar los inconvenientes de la vida y que ésta no siempre es justa y nos da lo que merecemos. Si somos conscientes de esto, pelearemos por lo que queremos pero sabiendo que a veces la vida nos lo negará y entonces será necesario adaptarnos y recalcular ruta en nuestro GPS para poder alcanzar nuestro destino último: ser felices.

Con demasiada frecuencia confundimos el fin (ser felices) con el medio (tener un trabajo estable, formar una familia, etc.)

Muchos padres educan a sus hijos tratando de que no les falte de nada, que no sufran por no poder alcanzar cosas que desean, y no se dan cuenta de queles hacen un flaco favor. Si nuestros hijos no aprenden a tolerar la frustración de no lograr lo deseado en el día a día, ¿cómo van a tener capacidad para afrontar la no consecución de un importante objetivo vital? Y eso, aunque como padres no queramos que suceda, desgraciadamente es posible que ocurra en sus vidas como adultos.

Con demasiada frecuencia confundimos el fin (ser felices) con el medio (tener un trabajo estable, formar una familia, etc.), y olvidamos que puede haber formas muy diversas de llegar a nuestro destino. Así, por ejemplo, nuestro objetivo de tener estabilidad laboral quizá no sólo se pueda alcanzar aprobando una oposición (tal vez, ni siquiera lográndolo). En cualquier caso, habrá que valorar si los inconvenientes de perseguir esa meta justifica los beneficios que llegarán si la alcanzamos, quizá existan otras alternativas un poco menos deseables pero mucho más sencillas de obtener.

Ponderando pros y contras

Cuando estamos inmersos en la persecución de un objetivo vital importante para nosotros, tendemos a idealizarlo: no se nos ocurre nada mejor que ser madre, o que estar con la persona amada, lograr el ascenso que no llega… Situamos la posibilidad de ser felices sólo, y sólo sí, alcanzamos nuestro objetivo, y nos olvidamos de dos cosas fundamentales: lo que deseamos no carece de inconvenientes, y nuestra situación actual también tiene sus ventajas, a pesar de que no lo veamos. Es estupendo perseguir nuestros sueños, pelear por lo que queremos en lugar de esperar sentados a que lasuerte, el destino o el azar nos lo traiga, pero no podemos dejar de vivir y de sacar partido a las cosas positivas que nos rodean en cualquier circunstancia. De hecho, si deseamos mucho que llegue algo que no depende sólo de nosotros, una buena estrategia para afrontar la espera es intentar buscar algo que nos haga sentir bien (por ejemplo, patinar) y que no podríamos hacer o tener si alcanzáramos nuestra meta (por ejemplo, quedarnos embarazadas), así la frustración de no conseguirlo será menor ya que, al menos, habremos disfrutado todo ese tiempo de algo también importante para nosotros.

Tal vez no hubiéramos sido tan felices con esa opción o, quizá, la vida nos tiene deparadas mejores sorpresas

En algún momento de nuestras vidas, sin embargo, puede ser necesario asumir que ese objetivo que tanto deseamos no se ha cumplido y ya no se cumplirá: no llegamos a formar una familia, no pudimos dedicarnos profesionalmente a lo que queríamos, no pudimos estar con la persona de nuestros sueños… Toca asumir que, finalmente, no pudo ser. Pero, una vez aceptado, dejemos de darle vueltas, sintámonos orgullosos por haberlo intentado y planteémonos que a veces no se puede tener todo lo que se quiere pero quién sabe si eso era lo mejor para nosotros, tal vez no hubiéramos sido tan felices con esa opción o, quizá, la vida nos tiene deparadas mejores sorpresas. Intentemos sacar partido a lo que tenemos en lugar de repetirnos lo que hubiera sido de nosotros si hubiéramos alcanzado nuestros objetivos vitales, es sufrimiento inútil, nunca sabremos si hubiera sido así y olvidamos la cantidad de cosas buenas que hemos vivido a pesar de no haber llegado al destino marcado.

Dejemos también de compararnos, casi siempre lo hacemos sólo en la dirección en la que más desfavorecidos salimos. Busquemos otras metas y peleemos por ellas y tratemos de centrarnos en lo que vamos alcanzando, en lo que la vida nos da, y no en lo que no logramos o dejamos atrás. Se trata de ser feliz, sea del modo que sea, no dejemos de pelear por ello.

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