Ética: Acciones Externas basadas en motivos internos

Por Sergio Fortes.

La ética siempre ha sido un desafío en el mundo empresarial y profesional, y a pesar de haber muchos avances y cambios, puede representar un mayor desafío en el siglo actual. La palabra «ética» se deriva del griego antiguo, ethos, que significa «nuestro lugar mientras somos humanos» o «el lugar donde vivimos». En ese sentido, ethos o ética puede considerarse como «nuestro hogar».

Esto me recuerda cuando mi padre se dirigiría a toda la familia alrededor de la mesa después de la cena. En cuanto a ciertas acciones o comportamientos que consideraba inaceptables, y enfáticamente decía: «En esta casa, esto no se hace». Básicamente, nos estaba informando las «reglas de la casa», los estándares, prácticas y tradiciones que esperaba que cada uno de nosotros mantuviese.

Obviamente, nuestra casa o lugar, como seres humanos, involucra al hogar donde vivimos, nuestro matrimonio, el grupo social en el que participamos, la sociedad en la que vivimos, nuestra ciudad, el vecindario donde residimos, la iglesia donde adoramos con los demás, y la compañía donde nos ganamos lo que la Biblia llama «nuestro pan de cada día». Vivir de acuerdo con un código de ética personal y profesional, en efecto, significa acciones que nos hacen sentir «en casa».

El filósofo y educador brasileño, Mario Sergio Cortella, ha presentado una conceptualización magistral de la ética: «Es el conjunto de principios y valores que utilizamos para responder a tres preguntas principales de la vida humana: ¿Quiero hacerlo? ¿Debo hacerlo? ¿Puedo hacerlo? Hay cosas que queremos, pero no deberíamos hacerlas. Hay cosas que debemos hacer, pero no podemos, y hay cosas que podemos hacer, pero no queremos».

Dilemas como estos impregnan nuestras vidas cotidianas, invadiendo la profundidad de nuestras relaciones comerciales y los orígenes ocultos e internos de nuestras acciones profesionales.

El apóstol Pablo señala que cuando hacemos lo que no queremos, es porque estamos dominados por una fuerza interna o un impulso que él llama «pecado»: «Ahora, si hago lo que no quiero hacer, realmente no soy yo el que hace lo que está mal, sino el pecado que vive en mí» [Romanos 7:20 NTV].

Uno de los conceptos de pecado que aprendí —no recuerdo de quién— es que «el pecado es estar alcanzando el objetivo equivocado». Sabemos lo que debemos hacer, pero tratando de lograrlo, perdemos el objetivo y alcanzamos a otra cosa.

El antídoto divino para el pecado es el perdón. Cuando admitimos nuestro pecado y lo confesamos, Dios nos ayuda a vencerlo, proporcionándonos el perdón, dándonos poder para no querer lo que no debemos, y dándonos la capacidad de hacer lo que debemos: «…él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» [1 Juan 1:9 RVR].

Sin embargo, tener pautas éticas y mostrar una conducta ética adecuada —nuestro hogar—, es más que poseer la intención de seguir buenas prácticas, valores o principios. Requiere más que un simple deseo, o incluso el ejercicio de nuestra voluntad. Exige un cambio interno, una nueva mentalidad.

En Romanos 12:2 se nos dice: «No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta». Ser «transformado» no es algo que podamos lograr por nuestra cuenta; más bien, como la Biblia nos dice una y otra vez, ¡sólo Jesús lo puede hacer!, y así, cada uno de sus seguidores exclamen como el apóstol Pablo lo hizo: «Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí» [Gálatas 2:20 NTV].

© 2018. J. Sergio Fortes es consultor en gestión estratégica y especialista en liderazgo corporativo. También es miembro de CBMC Brasil.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.