Aún en el lugar de trabajo, estamos para adorar

por Jim Mathis

Parece que todos los seres humanos estamos diseñados para adorar algo, incluso dentro del alcance de nuestras vidas profesionales. Todo indica que necesitamos tener un objeto para nuestros afectos si queremos estar completos, estar plenos. Algunas personas adoran los deportes o a algún deporte en particular, algún equipo o jugador en especial. Conocen todas las estadísticas y dedican incontables horas y cantidades significativas de dinero a seguirlos. La línea entre el fanático dedicado y la adoración ardiente se puede borrar muy fácilmente.

Otras personas adoran la música, dando el más alto honor a su banda favorita. Algunas personas adoran una afiliación política o una causa importante. Otros adoran una profesión específica, como la milicia, por ejemplo; o adoran un símbolo, como una bandera, y dan un honor especial al objeto de su adoración. El nacionalismo, que es la adoración por el país, al grado de considerarlo superior a cualquier otra nación, ha engendrado problemas reales en algunos lugares, incluido mi país.

Para muchas personas de negocios, su trabajo se convierte en un objeto de adoración. Pueden dedicar cantidades excesivas de tiempo a su empresa o a su profesión, excluyendo así a la familia, los amigos, su salud y especialmente a Dios.

A veces adoramos el dinero o su búsqueda, olvidando que el dinero es sólo una herramienta, no un «dios». Esta es una razón por la cual Jesús dijo: «Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas» [Mateo 6:24 RVR]. Él afirmaba que no podemos crecer espiritualmente si el dinero compite con Dios por nuestro tiempo, energía y reverencia.

Incluso dentro del cristianismo, la adoración puede tomar muchas formas, algunas que distraen nuestra devoción al único Dios verdadero. La gente a menudo adora un estilo o forma de adoración en particular, o incluso a la Biblia, colocando el conocimiento y el estudio por encima de la relación con Dios. Otras personas adoran a su cónyuge, confundiendo tal adoración con amor y afecto saludables.

Desde el principio, Dios sabía que esto sería un problema. Él incorporó en nosotros el deseo de adorar, pero cuando le transmitió los Diez Mandamientos a Moisés, dejó en claro que sólo Él debería ser el centro de nuestra adoración. El primer mandamiento que Dios le dio a su pueblo decía: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» [Éxodo 20:3 RVR].

Este pasaje, en una paráfrasis de la Biblia se expresa de esta manera: «No tengan otros dioses aparte de mí. No hagan ídolos ni imágenes de nada que esté en el cielo, en la tierra o en lo profundo del mar. No se arrodillen ante ellos ni hagan cultos en su honor. Yo soy el Dios de Israel, y soy un Dios celoso. Yo castigo a los hijos, nietos y bisnietos de quienes me odian, pero trato con bondad a todos los descendientes de los que me aman y cumplen mis mandamientos» [versos 3 al 6].

Al leer el relato bíblico que rodea la entrega de los Diez Mandamientos, descubrimos que para cuando Moisés había regresado de la montaña con los mandamientos, los israelitas ya habían construido un becerro de oro para adorarle. No les llevó mucho tiempo dejar que el objeto de su adoración se confundiera.

Tenemos una necesidad de adorar algo. La pregunta que debemos hacernos es si el objeto de nuestra adoración realmente merece nuestra devoción y dedicación. ¿Es un «dios» que nunca nos fallará? En mi experiencia, solo hay uno, el Dios que dijo: «Nunca te dejaré; jamás te abandonaré». [Hebreos 13:5 NVI]. ¿Qué otro «dios» puede decir eso y cumplirlo?

 

Jim Mathis es dueño de un estudio de fotografía en Overland Park, Kansas, especializado en fotografía ejecutiva,
comercial y teatral, y recientemente abrió una escuela de fotografía.

 

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